El mar se calienta, los peces huyen y los manglares desaparecen: la resistencia de las mujeres pescadoras de Honduras

En las aldeas costeras de Marcovia, al sur de Honduras, las mujeres sostienen con sus manos el último hilo de la pesca artesanal que permite la subsistencia de las comunidades. La destrucción de manglares, la expansión de camaroneras y los embates del cambio climático han reducido drásticamente los recursos marinos, obligando a muchas familias a emigrar. Entre el abandono estatal y la erosión costera, la resiliencia femenina se ha convertido en la principal barrera contra el hambre y la desaparición de un modo de vida.

Por Breidy Hernández
Marcovia, Choluteca, Honduras 

Con las manos curtidas por el lodo y las madrugadas marcadas por la marea, Alva de Jesús Peralta lleva más de 15 años dedicada a la extracción artesanal de curiles, esas conchas negras codiciadas para ceviches en las costas centroamericanas. Un oficio heredado —y transmitido a sus hijas— no por vocación, sino por necesidad, que ha sostenido a pesar del agotamiento. Hoy, sin embargo, se tambalea: el molusco escasea por la destrucción del manglar y los embates del cambio climático.

La jornada de Alba comienza antes del amanecer. En las semanas de mareas tempranas, se levanta a las cuatro de la madrugada para internarse en los lodazales donde se esconden, profundos, los curiles. En otras ocasiones, la faena se prolonga hasta entrada la noche, hasta las seis o siete, según lo dicte el vaivén del agua: cuando “vacíe” o cuando “llene” el manglar. Cada marea exige un cálculo milimétrico de tiempo para la recolección. 

El oficio, que durante décadas aseguró el sustento de numerosas familias en Guapinol, una aldea de Marcovia, Choluteca, en el sur de Honduras, hoy agoniza. La razón: la destrucción sistemática del ecosistema y los estragos del cambio climático, visible en la erosión costera y el aumento de las temperaturas que disminuye el hábitat del mangle, hogar del molusco.  

“Antes yo sacaba mil curiles en un día; ahora, con suerte, apenas 200 o 300”, cuenta Alba, mientras exhibe los moluscos que logró recolectar esta mañana. La recolección del curil no es solo su sustento: constituye una actividad básica para la seguridad alimentaria y la economía de las comunidades asentadas en esta costa hondureña. 

Sin embargo, la recompensa es cada vez más escasa: a 130 lempiras —unos cinco dólares— el centenar de curiles, las ganancias diarias difícilmente superan los 200 lempiras, y no siempre aparecen compradores.

insertar foto: Alva de Jesús Peralta https://drive.google.com/drive/folders/1mRneHjwNVoc3FEk2JwSod-kXhBD7_6D7?usp=drive_link

Pie de foto: La fuente primaria de ingresos económicos de Alva es la recolección de curiles . 

Crédito. Jorge Burgos/Criterio.hn

El curil crece entre las raíces del mangle y depende del delicado equilibrio entre agua dulce y salada. La pérdida de ese balance en Guapinol ha provocado que el molusco escasee. Alba y su comunidad aseguran que la tala para leña y la expansión de las camaroneras, sumadas al aumento de la temperatura del agua, están matando el recurso. “El mangle es la casa del curil. Si lo botan, el curil se muere”, explica. La situación se agrava en los meses más cálidos: el agua se recalienta y, junto con la sedimentación, termina por asfixiar a la especie. 

En el Golfo de Fonseca —ese espejo paradisíaco de agua compartido por Honduras, Nicaragua y El Salvador— la expansión de la acuicultura ha dejado una huella profunda. Entre 2018 y 2024, las áreas destinadas a la camaricultura crecieron un 33%, hasta alcanzar 27,692 hectáreas. Este avance acelerado transformó el uso del suelo y golpeó de lleno a los manglares, reduciendo su cobertura y comprometiendo la salud ambiental de toda la región. 

El fenómeno no solo amenaza la biodiversidad; también pone en jaque la seguridad alimentaria y económica de más de 200 personas en el caserío Villanueva, donde vive Alba y donde la subsistencia depende directamente de este recurso. 

Las preocupaciones de los recolectores de curil tienen base científica: el diagnóstico “Impacto del cambio climático y la degradación ambiental en los recursos costeros y medios de vida en las comunidades de Guapinol, Cedeño y Punta Ratón, Marcovia, Choluteca”, elaborado por la organización FIAN Honduras en 2021, advierte que el cambio climático y la contaminación ambiental están agravando de manera crítica la seguridad alimentaria de estas comunidades costeras. La pesca artesanal, principal fuente de alimentación y sustento, se ha visto severamente afectada por la erosión costera, la pérdida de especies y la intrusión marina, reduciendo la disponibilidad de alimentos básicos y poniendo en riesgo el derecho a una nutrición adecuada.

VIDAS MARCADAS POR LA PRECARIEDAD Y EL MAR

En el caserío abundan las viviendas improvisadas, levantadas con troncos y ramas, y reforzadas con plásticos que apenas resguardan de la intemperie. La de Alba no es la excepción: su techo de láminas deja filtrar la luz —y también la lluvia—, mientras que el piso de tierra queda a merced de la marea, que con frecuencia alcanza el interior de la casa.

Alba es madre de 13 hijos, aunque sólo cuatro —los más pequeños, aclara— aún viven con ella. Durante la visita, también conocimos a tres de sus hijas, quienes, como su madre, se dedican a la extracción de curiles. Una de ellas es Mileidy Sarahi Andino, de 19 años, a quien encontramos cargando a su bebé de apenas seis meses, con la piel marcada por picaduras. “Los zancudos lo pican mucho”, dice. El cabello del niño luce claro, ese tono que en estas comunidades llaman “rubio” sin reparar en que es un signo evidente de desnutrición. 

insertar foto:  Mileydi Andino https://drive.google.com/drive/folders/1mRneHjwNVoc3FEk2JwSod-kXhBD7_6D7?usp=drive_link

Pie de foto: Mileydi Andino tuvo su primer hijo a los 14 años, desde entonces pausó sus estudios y ahora se dedica a la recolección de curilos t el cuido de sus dos niños. 

Crédito. Jorge Burgos/Criterio.hn

Mileidy señala hacia un costado: “Ese otro niño es mío”, dice sobre su hijo de tres años, que se mueve entre los pocos metros cuadrados de la casa. Como su madre, también se dedica a la extracción de curiles. Su esposo, cuenta la joven —que fácilmente podría pasar por una adolescente de 14 años—, sale a pescar en una pequeña lancha. “Estos últimos tres días solo ha ido a colar agua; no trae pescado, solo a aguantar hambre ha ido”, relata.

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el 62.9% de los hogares en Honduras vivían en pobreza y el 40.1% en pobreza extrema en 2024. En Marcovia, Choluteca, el 68.2% de la población presenta al menos tres necesidades básicas insatisfechas, ubicando al municipio entre los más rezagados del país de acuerdo con el Perfil sociodemográfico, desarrollado por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) en 2022.  Estas necesidades incluyen acceso limitado a servicios de salud, educación, vivienda digna, agua potable, saneamiento adecuado y empleos o ingresos suficientes para cubrir la canasta básica. Esta realidad evidencia graves carencias estructurales que dificultan el bienestar social de la población en Marcovia, uno de los municipios con mayor rezago en desarrollo humano de Honduras.

La hermana de Mileidy, Alva Gabriela Andino, de 24 años y madre de tres, también acompaña a su madre cada día en la búsqueda de curiles. Explica que cuando no logran recolectar suficiente molusco para vender, simplemente no hay dinero, y eso significa que no tienen con qué comprar la cena. 

insertar foto de Alva Gabriela Andino https://drive.google.com/drive/folders/1mRneHjwNVoc3FEk2JwSod-kXhBD7_6D7?usp=drive_link

Pie de foto: Alva Gabriela Andino, es una de las mujeres jóvenes del caserío Villanueva que se dedica a la cosecha y sostenibilidad de curiles 

Crédito: Jorge Burgos/Criterio.hn

La esperanza queda en manos de los hombres que regresan del mar con algo de pesca: “Aquí no se ajusta para comprar pollo; se come pescado, camarones, canechos o, cuando no hay de otra, solo frijoles con tortillas”.

LA ANGUSTIA DE LAS MUJERES PESCADORAS DE CEDEÑO

La escasez de recursos marinos, agudizada por el cambio climático, no es exclusiva de Guapinol ni golpea únicamente a las mujeres dedicadas a la extracción de curiles; también afecta con fuerza a las pescadoras de Cedeño, otra aldea de Marcovia ubicada a unos 18 kilómetros. Acostumbradas a depender de la pesca artesanal para alimentar a sus familias y sostener pequeños negocios, hoy enfrentan la alarmante disminución de especies como almejas, cangrejos y peces. 

El mar, antes generoso y fuente segura de sustento para las familias de Cedeño, ya no es el mismo. Lo confirma Sujey Amaya, quien alguna vez llegó a tener cuatro lanchas y un pequeño restaurante que aún mantiene a flote con sumas dificultades. 

Insertar foto: https://drive.google.com/drive/folders/1mRneHjwNVoc3FEk2JwSod-kXhBD7_6D7?usp=drive_link

Pie de foto: Sujey Amaya, propietaria de un pequeño restaurante en Playa del Edén, a medio kilómetro de Cedeño, encontró en la venta de comida su principal sustento tras perder sus lanchas; hoy, sus ingresos dependen de este negocio y de las remesas que envían sus hijos.

Crédito: Jorge Burgos/Criterio.hn

Hoy, tras años de ver disminuir el producto marino y con las mareas cada vez más intensas por el cambio climático, se vio obligada a vender la última de sus embarcaciones: “Con el cambio climático, las mareas son más frecuentes, los peces se han ido mar adentro y aquí, en nuestra zona pesquera, casi no queda producto”, lamenta. 

Blanca Posadas, otra pescadora de la zona, ha vivido la escasez en carne propia. Recuerda que en su juventud, cuando las lanchas avanzaban con la fuerza de los brazos y el pescado abundaba cerca de la orilla, la faena se hacía a puro remo, sin necesidad de motores ni de adentrarse demasiado en el mar. “No había necesidad de meterse tanto al mar”, dice. 

La escasez de peces es una realidad cada vez más evidente. Para Blanca, la combinación de la sobrepesca, el uso de motores y el cambio climático ha transformado el mar y, con él, la vida en las comunidades pesqueras. “Ya el pescado se escaseó porque Dios se lo lleva largo, huyendo”, comenta con resignación. 

Las comunidades costeras del sur de Honduras enfrentan desafíos críticos que ponen en riesgo sus medios de vida y aumentan la vulnerabilidad de las mujeres que sostienen a sus familias. Claudia Pineda, directora de FIAN Honduras, lo resume con claridad: la expansión de las empresas camaroneras y la variabilidad climática están en el centro de una crisis ambiental y social que golpea de lleno a la pesca y la marisquería, actividades esenciales para la alimentación y el ingreso familiar.

insertar foto Claudia Pineda 

“Las comunidades identifican como principal detonante de la degradación ambiental la intervención de las empresas camaroneras, tanto por sus lagunas como por los laboratorios de producción de larva”, explica Pineda. A esto se suman los vertidos químicos y las aguas residuales que llegan al mar, deteriorando gravemente la calidad del agua y la reproducción de especies marinas —entre ellas moluscos y crustáceos— que representan la principal fuente económica para las mujeres de la zona.

Y es que ser mujer en ese mundo de redes y mareas nunca ha sido tarea sencilla. “Había que enseñarse a todo: a remar, a sacar camarón de noche, a enfrentarse al mar igual que un hombre”, recuerda. Su juventud transcurrió en Guapinol, entre el trabajo constante, la solidaridad de los vecinos y los desafíos de un entorno aún poco tecnificado. 

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), las mujeres representan alrededor del 18% de la fuerza laboral en el sector primario de la pesca y la acuicultura en Centroamérica. Pero si se toman en cuenta todas las actividades de la cadena de valor —desde el procesamiento hasta la comercialización y las labores post-captura— su participación puede alcanzar hasta el 50% del total de personas que dependen de este sector. 

Blanca, hoy con 78 años, recuerda que a los 19 salía a pescar en las lanchas junto a su padre en Guapinol, donde el estero suaviza las olas gracias a la protección de los manglares. Con el paso del tiempo se trasladó a Cedeño, allí formó a su familia y continuó dedicada a la pesca. 

Ahora, lejos de la costa y viviendo con su hijo y su nuera, Blanca sigue aguardando el regreso de las lanchas para limpiar y vender los pescados, entre ellos especies conocidas localmente como babosa, pinchada, pancha, jureles y pez gato. Conserva la entereza y el amor por su oficio, aunque la edad ya no le permita remar en aguas bravas. “Claro que extraño ir al mar, pero una se va poniendo viejita y el mar se pone más duro. Ahora me toca cuidar desde tierra y apoyar en lo que pueda”, dice, mientras suelta un suspiro que se confunde con el rumor de las olas.

CRUZAR LA FRONTERA: PERDER TODO

La escasez de peces es una realidad cada vez más evidente, cotidiana. Para Blanca, la combinación de la sobrepesca, el uso de motores y el cambio climático ha transformado el mar y con él, la vida en las comunidades pesqueras. “Ya el pescado se escaseó porque se va largo, huyendo”, comenta con resignación. 

El cambio ha sido, en palabras de doña Blanca, “para más difícil”. Hoy, quienes dependen de la pesca deben adentrarse cada vez más, arriesgándose incluso a cruzar hacia aguas salvadoreñas y nicaragüenses. Pero la situación se volvió insostenible: las detenciones, decomisos y multas impuestas por las autoridades nicaragüenses hicieron inviable seguir en el mar. 

En aguas de Nicaragua, la confiscación de lanchas y el cobro de multas son frecuentes. “Hace cinco años perdí una lancha allá, en plena pandemia… querían que pagara 3,000 dólares para recuperarla, pero ¿de dónde iba a sacar yo ese dinero?”, relata la mujer. 

“A mí me capturaron una lancha los nicaragüenses hace cuatro años, y quedé sin aperos de pesca”, relata Sujey por su parte. Ante el temor constante de nuevos decomisos, confiesa: “Me orilló a vender la última lancha, porque sin tener cómo mandar a pescar no se puede subsistir”. Explica que las multas son inalcanzables: “Van desde 1,000, 1,500 y ahora hasta 5,000 dólares —es decir, entre 26,030 y 130,150 lempiras—. Nosotros no tenemos cómo pagar esas cantidades, ni las ganamos en dólares, solo en lempiras”, lamenta. 

Quedarse sin una lancha significa, en palabras de Sujey, perder mucho más que una herramienta de trabajo: “Sin una lancha, sin pesca, lo que queda para la familia es emigrar”. Muchos de sus familiares —incluidos cuatro de sus hijos— y vecinos ya han tomado ese camino hacia Estados Unidos, porque sin el “rubro de vida” simplemente no hay cómo sobrevivir. Ella, en cambio, resiste en Cedeño, aferrada a una mejora que nunca llega: “El gobierno no pone nada de su parte por ayudar a los pescadores”, reclama. 

De acuerdo con el Plan de Desarrollo Municipal (PDM) de Marcovia, Choluteca (2020-2029), la migración internacional es un fenómeno central en la zona. El documento reporta que en 1,565 viviendas hay personas que han emigrado al extranjero, en el 99.42% de los casos por razones económicas. 

De acuerdo con el Plan de Desarrollo Municipal de Marcovia (PDM), gran parte de sus habitantes viven en condiciones de escasos recursos económicos debido a la falta de oportunidades laborales. Esta situación limita el acceso a empleos formales y sostenibles, obligando a muchas familias a dedicarse al cultivo de granos básicos como el maíz o a la pesca artesanal como medio de subsistencia. Son estas actividades las que constituyen las principales fuentes de ingreso ante la ausencia de alternativas económicas diversificadas.

“La marisquería, que es la recolección de moluscos y crustáceos en los bosques de manglar y en las playas, constituye casi en su totalidad el sustento de las mujeres de la zona”, explica Pineda. Sin embargo, la pérdida de biodiversidad y los daños a la infraestructura local provocados por fenómenos extremos —como marejadas e intrusión marina— han dejado a muchas sin sus pequeños negocios y viviendas.

El abandono estatal se hace evidente frente a las emergencias climáticas y la precariedad estructural. Cada año, las marejadas —cada vez más intensas y destructivas— golpean los modestos bienes de las familias. “Pasamos la vida reconstruyendo, sacando préstamos que no alcanzamos a pagar antes de la siguiente marejada. Es una cadena sin fin porque aquí, aunque hablemos y exijamos ayuda, no hay respuesta frente al cambio climático ni a las pérdidas”, lamenta Sujey. 

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Pie de foto: Con la marejada de junio de 2025 que se registró en Cedeño, Blanca Posadas se vio obligada a abandonar su hogar: las olas tumbaron un muro y dejaron la vivienda inhabitable.

Cedeño es una aldea costera que enfrenta de lleno los embates del cambio climático. Sus habitantes padecen con creciente frecuencia fenómenos extremos como marejadas, erosión costera e inundaciones, que amenazan tanto sus viviendas como los medios de vida tradicionales ligados a la pesca y al mar. Esta realidad convierte a Cedeño en una comunidad especialmente vulnerable, necesitada de atención y apoyo para adaptarse y fortalecer su resiliencia frente a un clima cada vez más adverso.

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En materia de adaptación al cambio climático, el diagnóstico de FIAN Honduras advierte que ni el gobierno local ni el central cuentan con una estrategia definida para atender a las comunidades costeras. “No existe la visión de que aquí hay un problema real”, enfatiza Pineda.

Con las marejadas de mayo, Blanca Posadas tuvo que abandonar su casa, ubicada a escasos metros de la playa. La erosión costera avanzó sobre tierra firme y muchas viviendas quedaron bajo el mar. Para las mujeres dedicadas a la pesca, la falta de recursos es una angustia constante: “No hay para la alimentación, ni para mandar a estudiar a los hijos. Lo poco que hay se va en sobrevivir, comiendo lo que el mar permita sacar —si acaso almejas o algo de curil— y esperando que Dios haga milagros”, relata Sujey. Los apoyos institucionales llegan pocas veces y, cuando lo hacen, resultan insuficientes o se esfuman pronto frente a nuevas tormentas.

MUJERES SIEMBRAN MANGLE

A pesar del abandono institucional, las mujeres han levantado sus propias agendas de denuncia y protección ambiental. Han organizado viveros comunitarios y jornadas de siembra de mangle, con las que no solo protegen el ecosistema, sino que también levantan barreras naturales contra los vientos y la salinización del suelo y el agua. “Las mujeres de Guapinol y Pueblo Nuevo —otra aldea de Marcovia— juegan un papel fundamental en la protección ambiental, incluso más allá de lo que reconocen las autoridades”, subraya Claudia Pineda. 

La especialista subraya que las causas de migración en estas zonas están estrechamente ligadas a los daños y pérdidas ocasionados por la crisis ambiental, y exige que las autoridades asuman sus responsabilidades. Lo hace recordando los recientes fallos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la Corte Internacional de Justicia, que ordenan a los Estados garantizar protección frente a la emergencia climática. 

Aunque la normativa nacional —como la Ley de Pesca y la Ley Forestal— prohíbe expresamente el desmonte de manglares y promueve su protección y manejo sostenible, en la práctica la deforestación de estos ecosistemas persiste en la zona. Frente a esa contradicción entre la ley y la realidad, las mujeres de Guapinol han asumido un rol protagónico: se han organizado y trabajan activamente en la reforestación del mangle.

Ante la omisión de las autoridades, las mujeres hacen lo que está a su alcance. En la comunidad de Guapinol —entre ellas Alva y sus hijas— se han organizado para desempeñar un papel clave en la reforestación del mangle. Su compromiso y trabajo colectivo no solo fortalecen la cohesión social, sino que también se convierten en un aporte esencial para la protección de este ecosistema vital, indispensable para la pesca y la resiliencia ambiental de toda la zona costera.  

Sin embargo, se trata de un esfuerzo voluntario que carece de financiamiento público. Según los testimonios, organismos gubernamentales como la Dirección General de Pesca (DIGEPESCA) y la Secretaría de Agricultura y Ganadería no han implementado programas efectivos en la zona. 

“Pedimos ayuda para comprar candelilla y nos dicen que no hay respuesta. Si el gobierno diera alimento por trabajo, nosotros reforestaríamos día y noche”, afirma Alba Peralta.

Pese a la precariedad, la comunidad mantiene viva su relación con el manglar, no solo como fuente de ingreso, sino también como parte de su identidad cultural y territorial. Además de recolectar curiles, organizan limpiezas comunitarias para retirar bolsas y botellas del mar, conscientes de que la contaminación acelera el colapso del ecosistema.

EL FUTURO INCIERTO DE LA PESCA

En el sur de Honduras, el Golfo de Fonseca es mucho más que un cuerpo de agua: representa sustento, cultura y futuro para miles de familias. Pero el cambio climático está llevando a las comunidades pesqueras a una encrucijada, advierte el biólogo marino Helder Pérez. El mar se calienta, los peces escasean y las lluvias son irregulares. Según la NOAA, la temperatura superficial del océano ha aumentado de forma sostenida desde 1880 y alcanzó récords históricos en 2023, incluso fuera de un evento de El Niño, clara señal del impacto humano.

Ese aumento térmico obliga a los peces a migrar hacia aguas más profundas y frías, reduciendo las capturas y afectando su tamaño y ciclo reproductivo. Al mismo tiempo, la pérdida de manglares —guardería natural de entre 30% y 40% de las especies— expone a miles de alevines a la depredación. El Golfo ya muestra erosión y mortandad de manglares en zonas como Playa El Venado y Punta Ratón. Sin vedas ni áreas protegidas en el Pacífico hondureño, la sobrepesca se intensifica: “Cuando hay menos peces, se pesca más, incluso con mallas menores, y eso acelera el colapso”, advierte Pérez.

El alcalde de Marcovia, Nahún Calix, admite que, pese a las solicitudes de pescadores y municipalidad, no se ha logrado establecer vedas como en países vecinos, por falta de voluntad política. Pérez recuerda, además, que la desaparición del manglar deja a las comunidades indefensas ante tormentas y huracanes: “Es un rompeolas natural; sin él, las casas y caminos quedan expuestos a la destrucción”.

Los datos de Global Forest Watch lo confirman: entre 2002 y 2024, Marcovia perdió 105 hectáreas de bosque primario húmedo, equivalente al 30% de su pérdida total de cobertura arbórea en ese periodo. El área de bosque primario disminuyó en 2.2%. Cada hectárea desaparecida es una frontera menos eficaz contra las mareas y el calor, y un futuro más incierto para quienes dependen de este ecosistema.

Mientras tanto, en aldeas como Guapinol y Cedeño, la vida se sostiene entre dos mareas: la del mar, que marca el trabajo diario, y la de la espera, que aguarda un apoyo institucional que nunca llega. Historias como las de Alva, Sujey y Blanca —marcadas por la pérdida, el abandono estatal y la precariedad— son el rostro humano de esta crisis. Frente a ecosistemas cada vez más hostiles y un Estado ausente, la resiliencia de las mujeres que viven del mar es, por ahora, su único recurso.

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En la costa sur de Honduras, el Golfo de Fonseca es mucho más que un cuerpo de agua: para miles de familias significa sustento, cultura y futuro. Sin embargo, el impacto del cambio climático sobre la pesca —principal motor económico de la región— está llevando a una encrucijada a las comunidades locales, advierte el biólogo marino Helder Pérez.

Los pescadores, pescadoras y recolectores locales no necesitan estudios técnicos para reconocer que el clima ha cambiado: el mar está más caliente, hay menos peces y las lluvias son irregulares.

El aumento de la temperatura global no solo eleva el termómetro, también está transformando la vida bajo el agua y, con ello, el futuro de la pesca y de las comunidades que dependen de este sector. Así lo advierte el biólogo Helder Pérez, quien destaca los graves impactos que el cambio climático ya está teniendo—y tendrá a mayor escala—en los ecosistemas marinos y en quienes obtienen de ellos su sustento.

La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) ha documentado que la temperatura media global de la superficie del mar ha aumentado de manera sostenida desde que existen registros confiables (1880). Entre 1901 y 2023, la temperatura superficial del mar subió a un ritmo promedio de aproximadamente 0.14°F (0.08°C) por década. 

Insertar imagen: histórico de temperatura

Este calentamiento se aceleró especialmente desde 1970 en adelante, y se ha mantenido en niveles récord durante las últimas tres décadas. De hecho, 2023 fue el año más cálido jamás registrado para las temperaturas oceánicas, superando incluso periodos asociados al fenómeno de El Niño.

En años recientes, la temperatura media mundial de los océanos superó los 21.1°C por primera vez en abril de 2023, según la NOAA. La anterior marca máxima, de 21.0°C, databa de 2016, también en un evento fuerte de El Niño, pero el récord de 2023 se alcanzó en un contexto neutro, lo que indica la influencia dominante del cambio climático antropogénico

Pérez señala que el cambio climático afecta a la pesca de formas directas e indirectas. «Si tomamos tres impactos grandes del cambio climático, el primero sería el aumento de la temperatura,» explica. Este incremento térmico ya ha generado que los peces—acostumbrados a ciertos rangos de temperatura—busquen refugio en aguas más frías y profundas, alejándose de las zonas tradicionales de pesca. Esto obliga a los pescadores a trabajar más, extender sus redes a mayor profundidad, o incluso adoptar técnicas más agresivas que dañan el fondo marino y ponen en riesgo otros organismos.

Pérez explica que uno de los impactos más severos del cambio climático es el aumento de la temperatura del agua. “El incremento de la temperatura afecta directamente el ciclo reproductivo de los peces; muchos, para sobrevivir, migran a zonas más profundas o se desplazan hacia regiones de aguas más frías. Eso deja a los pescadores sin el recurso al que tradicionalmente accedían en la superficie,” apunta el experto.

Esta migración forzada reduce no solo la cantidad de peces que se pueden capturar, sino también la talla de los ejemplares disponibles. Debido al calor, los peces llegan a la madurez reproductiva a menor tamaño, lo que repercute en su valor comercial y nutricional. Además, las especies más sensibles al calor pueden enfermar y morir prematuramente.

El manglar es protagonista clave en este drama ambiental. El biólogo subraya que entre 30% y 40% de los peces usan los manglares como guardería natural durante sus primeras etapas de vida. “Al perder los manglares por erosión costera y subida de la salinidad, miles de alevines quedan expuestos a depredadores y no llegan a adultos,” detalla.

El deterioro del manglar viene de la mano de la intrusión de agua salina, consecuencia directa del aumento del nivel del mar —a su vez resultado del derretimiento de los casquetes polares—. Según el biólogo, el Golfo de Fonseca ya muestra signos de grandes pérdidas de tierra en sectores como Playa El Venado y Punta Ratón, con la consiguiente mortandad de manglares.

A razón de ello, Pérez advierte que la combinación del descenso en poblaciones de peces y la presión económica lleva a una peligrosa carrera por agotar el recurso: “Cuando hay menos peces, en vez de detenerse y dejar que se recuperen, lo opuesto ocurre. Los pescadores aumentan el esfuerzo, incrementan el número y tamaño de redes, incluso con mallas menores, exacerbando la sobrepesca.” Esta reacción, conocida en ecología como la “tragedia de los comunes”, puede llevar al colapso de la pesquería.

En comunidades como Cedeño y Guapinol, donde la pesca es actividad vital, la falta de regulaciones como vedas o zonas protegidas agrava el problema. “En el Atlántico hondureño existen períodos de veda y zonas de no pesca, pero en el Pacífico estas políticas aún no se han implementado de forma efectiva,” señala Pérez.

Dialogamos con el alcalde de Marcovia, Nahún Calix y uno de los temas abordados fue sobre los tiempos de veda, aunque reconoce la difícil situación que atraviesan los pescadores de Marcovia, quienes —según él— enfrentan cada vez mayores obstáculos para sostener su actividad tradicional debido a factores climáticos y la falta de medidas efectivas desde el gobierno central. Argumenta que, a pesar de múltiples planteamientos y solicitudes hechas por la municipalidad junto a los mismos pescadores, no se ha logrado establecer un periodo de veda como ocurre en países vecinos. Calix lamenta la falta de voluntad política para decretar cierres temporales que permitan la recuperación de las especies marinas, señalando que, en Honduras, aunque es el país con mayor número de pescadores en la región, no existe regulación clara al respecto, lo que agrava la presión sobre los recursos del mar.

Por otro lado, Helder Pérez, enfatiza que la desaparición del manglar aumenta la vulnerabilidad de las comunidades frente a huracanes y tormentas: “El manglar es un rompeolas natural; sin él, las viviendas y caminos quedan expuestos a la erosión y la destrucción,” enfatiza Pérez.

Aunque aún faltan estudios específicos sobre el impacto pesquero del cambio climático en el Golfo de Fonseca, los indicadores ambientales y las experiencias de los pescadores sugieren que la región ya enfrenta un daño importante y creciente. Sin acciones urgentes para proteger los manglares, regular la pesca y apoyar la resiliencia de estas comunidades, el futuro de la pesca en el Golfo podría estar en peligro —y con ella, el sustento y la identidad de sus habitantes.

De acuerdo con Global Forest Watch, desde 2002 hasta 2024, Marcovia perdió 105 hectáreas de bosque primario húmedo, lo que representa el 30% de su pérdida total de cobertura arbórea en ese periodo. Con ello, el área total de bosque primario húmedo en la zona disminuyó en 2.2%. Cada hectárea desaparecida es una frontera menos frente al avance de las mareas y el calor, y un futuro más incierto para quienes dependen de este ecosistema. Si no se detiene la deforestación, no solo se extinguirán especies y modos de vida: se desvanecerá la posibilidad de resiliencia para toda la comunidad costera.

Mientras tanto, la vida en Guapinol se sostiene entre dos mareas: la del mar, que dicta el tiempo de trabajo, y la de la espera, que aguarda un apoyo institucional que nunca llega.

Las historias como la de Alva, Sujey, y Blanca marcadas por la pérdida, y el abandono estatal, son el rostro humano de los daños y perdidas que el cambio climático agrava en las comunidades costeras de Honduras. Frente a un Estado ausente y ecosistemas cada vez más hostiles, la resiliencia es, por ahora, el principal recurso de las mujeres que viven del mar.

Esta realidad refleja una crisis compartida en las comunidades costeras del sur de Honduras, donde la degradación ambiental y el cambio climático agravan la inseguridad alimentaria y económica de cientos de mujeres que luchan día a día por sobrevivir.

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